¡cómo duele corroborar cuán crítica es esa ayuda!

¡cómo duele corroborar cuán crítica es esa ayuda!

Él es un niño normativo en su escuela. Un buen niño, de una buena familia, siempre vestido con ropas algo viejas y con una sonrisa cohibida. Pero cuando llegó la competencia, de pronto, algo lo encendió: solicitó a su maestro que lo ayude en los temas que le resultaban difíciles, escribió resúmenes y se perdió los recreos estudiando. No es lo suficientemente apto para llegar al primer puesto, pero llegó por su esfuerzo, al muy respetuoso tercer puesto.

El premio era un hermoso juego de libros. A finalizar la fiesta y las condecoraciones, se acercó a su maestro con su sonrisa vergonzosa en sus labios.

«Eh..» – murmuró. Su maestro se dirigió a él demostrando admiración por sus excelentes logros.

«Eh..»- volvió a murmurar incómodo- «Yo.., es decir, ¿podría usted ayudarme? Quisiera cambiar el lindo juego de libros que recibí, si es posible…eh… por el dinero que vale.»

Por un momento el maestro calló. Luego tomó cariñosamente al niño por su hombro y lo llevó a un rincón silencioso del salón.

«¿Para qué necesitas el dinero?»- preguntó delicadamente temiendo que el niño se retrotraiga.

«Porque..yo…»- el niño sentía una lucha interna- «Quisiera simplemente comprarle un durazno a mi hermanita»

«¿Un durazno?»- repitió el maestro.

«Si. Y también un damasco. Es que, comprenda: sus amigas llevan siempre a la escuela alguna fruta, fuera del pan. A veces un durazno o un damasco. Mi hermana quiere mucho conocer el gusto de esas frutas, y llevar alguna vez una al colegio, para que no vean que ella nunca tiene. A  mí me gustaría ayudarla, quiero hacerla feliz»

El maestro averiguó un poco por la familia y se enteró que viven sin ningún recurso. El hijo mayor de la familia abandonó los estudios y por las tardes intenta encontrar algún trabajito para ayudar un poco en el hogar. Los padres y los demás niños, luchan cada uno a su manera por sobrevivir, por sus futuros, por intentar ser normales.

El maestro se comunicó de inmediato con Yad Eliezer y solicitó ayuda para la familia. Respetando la privacidad de nuestros beneficiados, no le comentamos al maestro que ya conocemos a su dulce alumno y a su hermana. Y que los sándwiches que ambos llevan todos los días a la escuela, es parte de los «Canastos familiares» que repartimos en Yad Eliezer. También conocemos bien al hermano mayor, y ya se le adjudicó un instructor, habiendo mejorado mucho su situación general.

Nosotros amamos ayudar al prójimo, pero siempre nos resulta muy triste observar desde otros puntos de vista cada caso, y corroborar cuán imprescindible es nuestra ayuda.